Hoy es el día del libro y queremos celebrarlo con “Mano de santo”, el relato escrito por la periodista y escritora María Dolores Rivas. Feliz lectura y gracias, María Dolores, por tu obsequio.

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MANO DE SANTO
Por María Dolores Rivas

A ver, que no es por no ir, que yo si hay que ir se va. Tengo paciencia de santo, pero se me va a acabar. Que me pida algo sencillo, qué sé yo… el Santo Grial. Algo fácil, con mesura, que hoy no me veo capaz, que me juego mi sustento, mi hombría y lo que es peor, este miedo a los dragones acabará con mi honor.

Así empieza el día Jordi, entre quejas y lamentos, como si un héroe dudase y no los tuviese bien puestos. Él se debe a su princesa, es su devoto servidor, sabe que hará lo imposible para conservar su amor. Con su boquita de fresa, cada vez exige más: versos, proezas, ¡la luna! Vos pedid y se os dará. Pues hazlo tú, mi tesoro, cielito lindo, lucero, que hay que ver como abusamos de este pobre caballero.

Al alba vemos a Jordi abandonar el hogar, con su brillante armadura, apuesto como el que más. Negro y brioso le espera su corcel frente al portal, ensillado y preparado para este día especial. Listo para la batalla, para un viaje a la victoria, solo hay que ponerse el casco y conducirlo a la gloria. Por las calles le saludan ciudadanos de la villa, presas de loco entusiasmo, que no luchan, pero miran.

Y allá va, valiente incauto, con la pasión por bandera, dispuesto a darle lo suyo al que agravió a su princesa. Por eso intenta ignorar los augurios de su mente, que le muestran a un dragón con tanta hambre como suerte. Un bicho que le foguea esos humos de valiente, pero Jordi va a por todas. Su señora lo merece.

El caballo se detiene frente a una oscura guarida; allí se oculta el dragón, en su torre de oficinas. Jordi acaricia su espada, la muchedumbre enloquece. Es lo máximo, el delirio, es divino de la muerte. Y ya nada le detiene, trepa veloz a la torre, abre la puerta del monstruo, que tras un café se esconde.

El dragón se alza maligno en su pedazo despacho. Escamas, babas, pezuñas… ¡y zapatos italianos! Afloja el lazo de seda de su cuello abominable y le pregunta furioso: ¿Cómo osas, miserable? Pero Jordi no se arruga, aunque se esté haciendo pis, aunque le ronde la muerte no tiene miedo a morir. Espada en mano le advierte por las buenas al dragón, que su princesa está triste porque ayer la despidió.

El monstruo abre sus fauces y le tritura la espada, suelta un eructo de fuego y le responde entre llamas: ¿Qué pretendes, melenudo, que avise a la Guardia Urbana? Reducción de personal, ya se lo dije a tu amada. ¡Qué reptil! ¡Cuánta maldad! Jordi lo tiene muy negro, pero rendirse, jamás. El dragón se está acercando, echa humo por la nariz, brama algo por el móvil. Jordi, vienen a por ti. Viendo que el mal va ganando y su espada está hecha trizas, le arroja el café al dragón y le pringa la camisa. Tira al suelo la armadura, da la vuelta y sale huyendo, gritándole “¡Volveré!” y chocando contra un tiesto.

Monta en su negro corcel hecho un mar de desconsuelo. Ha perdido la batalla y su princesa el empleo. Menudo lío ha montado con sus locuras de amor, que no conocen prudencia, ni vergüenza ni temor. Mas él no tiene la culpa de ese pronto tan guerrero, de ese ardor por su señora, de su alma de caballero.

La leyenda continúa al volver Jordi al hogar. Allí espera la princesa, una mujer de verdad. ¿Qué hombre no complacería a esta bella tentación? ¿Cómo va a negarle algo a semejante visión? En el jergón la princesa yace excelsa, madre mía, una rosa entre los dientes y un pequeño picardías. Adiós a las armas, Jordi, y al diablo con el dragón, tú que eres mano de santo, desnúdame el corazón.

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