Con dos primeras partes a ritmo de novela y una última más parecida a un diario personal, Ayanta Barilli afronta en Un mar violeta oscuro, finalista al premio Planeta 2018, la historia de cuatro mujeres de su familia: su bisabuela Elvira, su abuela Ángela, su madre Caterina y ella misma, Ayanta. Con pasajes tiernos y divertidos en algunos momentos, y desgarradores en muchos otros, Ayanta teje una tela que te conduce hacia un interior que deja en carne viva. Se desnuda y en esa desnudez, en ese absoluto canal abierto, está la medida del dolor y del amor que ha experimentado. Se acabaron las mentiras y los secretos, se mantiene el amor entre ellas. Está todo ahí, en Un mar violeta oscuro.

 

PVP: 21,50 € – e-pub: 12,99 €

 

Lo confieso. No sabía quién era Ayanta Barilli. Eso significa que no sabía que su padre era Fernando Sánchez Dragó. Y lo confieso, no entiendo cómo ese padre se ausentó tanto de su vida a lo largo de su niñez y adolescencia. En cualquier caso, un título tan bonito como Un mar violeta oscuro me llamó la atención. Leí el libro para entrevistar a Ayanta y, conmovida, me documenté para saber más de ella. Ahí fue cuando descubrí su linaje y cuando también empaticé más con ella. No tenía porqué hacerlo, pero lo hice. Esta es la historia de mujeres que han pivotado alrededor de su relación con los hombres, la mayoría de las veces insana. Padres, maridos, hermanos suponen el punto de partida de historias de supervivencia, de locura, de maltrato, de amor, de odio… Para al final saber lo sabido: que ninguna mujer necesita de un hombre para construirse. Ninguna.

 

 

¿Por qué el mar es violeta oscuro?

Porque es el mar de mi infancia, el de las mujeres que me precedieron… Es un mar de un pueblecito al que toda la familia ha ido de vacaciones desde tiempo inmemorables, Tellaro, en la costa Ligure (Italia), donde he fantaseado mucho, porque algunas de las historias más aterradoras y también más hermosas que me contaba mi abuela Ángela transcurren en ese mar. De pequeña, para que no nos bañáramos cuando el mar estaba bravo, nos decía que Belcebú, el diablo, llegaba en su carroza surcando las aguas. Es un paisaje que para mí tiene toda esa fuerza y esa magia.

 

Primera novela y semifinalista del premio Planeta 2018. ¡No cuadra con esa idea que deja escrita en el libro sobre su incapacidad de escribir!

No, no cuadra… Pero somos un cúmulo de incoherencias, afortunadamente, y de sorpresas extraordinarias. Para mí ser finalista del premio Planeta, si bien era algo con lo que jugaba en mi imaginación cuando era pequeña, vía constelaciones familiares, nunca pensé que me pudiera suceder, y menos en el estado de zozobra y al mismo tiempo de iluminación sobre mí misma en el que escribí el libro. En ningún caso pensé que iba a tener un resultado como el obtenido.

 

En el libro dice: de los destrozos también me ocupo sentada frente a una montaña de cenizas… ¿Cómo se quedó tras saber que había acabado el libro?

Ha sido un proceso extraño. Yo empecé el libro por el capítulo final porque sabía dónde quería llegar. Escribí el último capítulo en un estado de emoción tremenda y cuando lo acabé pensé: “Ayanta, ¿qué estás haciendo empezando un libro por el final…?” Era absurdo, sobre todo en la primera novela, que no sabía cómo tenía que hacerla. Sin embargo, luego me di cuenta de que tenía mucho sentido, porque ha sido como una luz muy clara que ha alumbrado todo el camino, que ha sido muy largo, porque entre escribir la novela y publicarla he tardado como unos seis años. Dicho esto, las últimas dos o tres frases sí fueron un final-final. Cuando las escribí yo estaba justamente frente a ese mar violeta oscuro… Y me puse a llorar.

 

Quizás porque inició el libro por el final es por lo que me ha parecido que la primera y la segunda parte tienen ritmo de novela, mientras que última creo que lo tiene más de diario personal.

Para mí era difícil construir la estructura, porque es un libro polifónico, con muchas voces, y yo quería que tanto mi voz como la del resto de mujeres estuvieran escritas en primera persona. Al mismo tiempo me hacía ilusión tener un narrador omnisciente. Para conseguir todo eso y para que fuera una especie de zoom desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, el tono folletinesco, inevitable y al mismo tiempo interesante desde el tiempo de vista literario, se va diluyendo hasta la tercera parte, dedicada a mi madre, que es absolutamente autobiográfica. Es decir que hay un camino de ficción sobre uno mismo, jugando entre la verdad y la mentira del relato familiar, hasta llegar a una verdad descarnada, que es esa última parte, que es cuando se funde el relato del narrador omnisciente con mi propia voz.

 

El libro es la historia de cuatro mujeres pero sobre todo de su relación con los hombres de sus vidas y entre ellas. El amor madre-hijos se supone incondicional, ¿pero eso puede ser convención social? ¿Puede romperse el amor por un hijo?

Claro que hay amores entre madres e hijos que no son incondicionales, pero es la manera más común de amor incondicional… Y lo más recomendable, también…

A mí es un tipo de amor que me ha faltado en parte por haberme quedado sin mi madre y es un amor que siempre he observado en los demás con fascinación porque me parece de una fuerza increíble, es una caja de seguridad necesaria.

 

Leyendo el libro me ha resultado especialmente doloroso el pasaje de la separación entre Elvira y Ángela… El odio a los hombres que muestra Ángela posteriormente debía ser previsible después de todo eso…

Sí, y es una pena, porque es un odio ocasionado por un trauma, por un nudo que en el caso de Ángela no se llega a resolver nunca en la vida. Ella queda marcada por esa experiencia temprana y no tiene solución. Y ella lo traslada a sus hijas aunque éstas, Carlota y Caterina, luchen contra ello. Ambas tienen problemas también con los hombres, que era lo que a mí me interesaba investigar en relación a mí misma. Qué sucede con la rama femenina de mi familia materna, y sobre todo cómo poder romper con esos patrones familiares que de repente uno hereda sin que le venga o le vaya nada, pero que siguen generando problemas dos siglos después. Y eso sucede en todas las familias. La repetición de cosas, buenas o malas, ahí está. Es necesario mirar hacia atrás y eso es lo que hace que yo pueda compartir la novela con todos los lectores, es decir, que no se circunscriba a un relato familiar para mi entorno más íntimo, sino que yo he escrito el libro con la voluntad y la ambición de llegar a un número amplio de lectores porque yo creo que esto nos sucede a todos, que repetimos patrones que no sabemos ni de donde vienen.

 

El libro, en definitiva, ¿ha servido para romper sus patrones?

Para mí, desde luego, el libro ha sido una especie de terapia sanadora, y el que fuera una novela ha sido liberador, porque yo no quería realizar una autobiografía; yo quería manejar a mi antojo los hilos de la ficción dentro de la historia. También tenía la necesidad, al haber vivido esas muertes tan tempranas de mi madre, de mi abuela, al haber vivido esas ausencias que me han acompañado toda la vida, quería convertir esas mujeres en algo sublime, magnífico, y por fin tener la oportunidad, tras todos estos años, de sentarme a charlar con ellas. Para mí, esta novela ha sido una conversación fantasmal que ha durado cinco años.

 

En su libro lo dice y su padre también lo ha expresado, que usted es fruto de una borrachera. Si lo dice usted tiene un punto de humor, pero también de tristeza…

¡Bueno, los avatares de la vida son así! En las entrevistas muchas veces me preguntan si me pesa ser hija de mi padre… ¡A mí no me pesa nada! Ahora mismo vuelo muy ligera y me encanta que mis padres se cogieran una buena borrachera el día de San Fernando y que de ahí naciera yo… En cualquier caso he nacido de una noche muy divertida y posiblemente de un gran polvo.

 

Se muestra, en el libro, abierta en canal. Dice de si misma que se ha descubierto como un ser manipulador y pusilánime…

Quería huir lo más lejos posible de cualquier tipo de complacencia sobre mí misma… En el momento en que uno escribe sobre sí mismo, hay que hacer el ejercicio de salirse de sí y mirar las cosas desde otro punto mucho más frío, sin buscar justificaciones. Obviamente justificaciones podía tenerlas todas… O ninguna, pero en este relato me interesa ver quién soy yo y dónde fallo, y por qué hago las cosas que hago.

 

Qué quiere que se lleve el lector

Me gustaría que se llevara una historia que le emocione, que le deje huella. Para mi, la literatura, el cine… cualquier acto creativo, me gusta que me haga cumplir un viaje en el que uno no es el mismo cuando lo empieza que cuando lo acaba. Me gustaría que el lector tuviera la impresión de haber hecho un viaje sanador, un viaje que te cambia, que te explica cosas, que te pone frente a ti mismo y te ilumina. Entiendo que esta novela es una historia dramática, con algún punto de humor, pero también es una historia luminosa.

 

De «incapacitada» a finalista

Una mujer que se creía «incapacitada para escribir» va y al final lo hace. Porque lo necesitaba, porque ha sido una manera de exorcizar sus demonios, los suyos y también los ajenos. Y esa mujer que pensaba que no podía enfrentarse a la literatura propia porque, dice, era un acto de rebeldía contra su padre, pero también quizás porque se sentía pequeña y le pesaba sobre los hombros la fama de su progenitor, al final se puso ante el ordenador y escribió. “Escribe, escribe, escribe”, le decía su padre. Y al final lo hizo. Asumió aquel mandato porque en ello le iba la cordura. Y resultó que el padre ausente al final tuvo razón. Le sirvió, entre otras cosas, y no es baladí, para ser finalista del premio Planeta, amén de para calmar su alma y pegar los pedazos de la vasija de cristal en la que había depositado su vida. Con esta novela, la primera, Ayanta Barilli ha puesto un punto final a un proceso personal vital, seguramente iniciado con un libro anterior, en formato epistolar y escrito al alimón con su padre, Fernando Sánchez-Dragó. A partir de Un mar violeta oscuro (Planeta, 2018) ella sabe que ha roto la maldición de las mujeres de su familia, de cuatro generaciones, para que sus hijos puedan liberarse de ese peso. Ella llevará aún su mochila, lo hará durante toda su vida, pero intentará no pasársela a sus hijos, y especialmente a su hija Cate, que se llama como su madre.

 

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