Ilaria Bianchi es doctora, especialista en ginecología y obstetricia. Un día le dieron la noticia: tenía cáncer de mama. Ahora, tras haberlo superado, brinda a todas las mujeres y a todas las personas que quieran mirar de frente esta patología, un libro donde recoge su experiencia desde un punto de vista muy interesante: el de la médico que la vida pone en el otro lado: el del paciente oncológico. El aprendizaje vital que relata en esta obra y el bagaje que ello le ha supuesto para reinterpretar su labor como doctora es un verdadero tesoro. Vivir y superar el cáncer de mama. Diario emocional de una ginecóloga que se convierte en paciente oncológica (Arcopress, 2018) es un libro que debería ser leído, sobre todo, por toda la comunidad médica.

Por Mercè Quesada Amador


 

Vivir y superar el cáncer de mama. Diario emocional de una ginecóloga que se convierte en paciente oncológica (Arcopress, 2018). Los beneficios de la venta del libro se destinarán a la investigación contra el cáncer de mama. PVP: 15€. Puedes comprar el libro aquí.

 


 

Todo el mundo ha oído hablar del cáncer de mama. Anualmente, según la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) se detectan en España entre 22.000 y 25.000 casos al año. Los esfuerzos para prevenir y para tratar a las personas afectadas son impresionantes, así como las campañas de concienciación sobre la enfermedad y sobre lo importante de pasar las revisiones periódicas. Sin embargo, volver al trabajo de antes o simplemente al trabajo y reubicarse en la vida normal son unas de las cosas que más cuesta a las mujeres que han sufrido una operación y tratamiento por cáncer de mama. Tras el shock que produce la noticia de saberse enferma y el calvario de pruebas y tratamiento, cuando parece que todo ya está controlado, viene la reincorporación al mundo normal. Existe una dificultad real para reposicionarse en los ámbitos cotidianos. “Para mí lo peor fue la recuperación”, sentencia la doctora Ilaria Bianchi.

 

¿La recuperación física o la emocional y la reincorporación al trabajo?

Todo, todo… A pesar de la noticia, que evidentemente es un shock y lo es para todo el mundo… Pero al final la metabolizas de alguna manera. Hay personas que tardan más, otras menos, porque cada uno tiene su ritmo, pero al final asumes que tienes cáncer y que debes ponerte en manos de los médicos para curarte. Asimilas la noticia y el shock se te pasa. Luego, durante el periodo de la enfermedad, todo el mundo está por ti. Yo tengo el recuerdo de que ese proceso fue uno de los mejores de mi vida. Evidentemente hubiera preferido no vivirlo, pero como experiencia la pongo entre las mejores de mi vida. A pesar de los numerosos problemas físicos, todo el cariño que yo sentí y viví a mi alrededor no me pasaba desde pequeña. Todo el mundo es muy sensible a la enfermedad e intenta ayudarte. El problema viene cuando se terminan los tratamientos, por suerte estás viva aún, parece ser que el cáncer no está y a partir de ahí todo el mundo vuelve a su rutina y te dicen que tú también debes volver a ella. Te dicen: “Esto ahora se ha acabado, gira página y vuelve donde estabas, sé la de antes, que no ha pasado nada…”. Jolín… Pues si no ha pasado nada… ¿Cómo que no ha pasado nada? Me ha pasado un tsunami que me ha destruido todo lo que tenía hasta ahora. Y ahí apáñate… Menos mal que fui a la psicóloga, bueno, ¡de hecho tuve hasta dos, no una sola! Me ayudaron mucho durante la enfermedad y también durante la recuperación, quitándole hierro a muchas cosas y explicándome que es muy normal sentir cómo el mundo, alrededor, tiene una velocidad muy diferente a la del enfermo. Para los demás resulta sencillo seguir con su rutina y dejar de estar tan pendiente de ti, es normal, pero para ti volver al mundo real es mucho más complicado. No es que te sientas solo… Es algo diferente… Mi sensación fue que me devolvieron la vida, como un paquete que contiene un regalo, y con ese regalo en la mano me preguntaba: “¿Y yo que hago ahora con esto? Porque yo todavía seguía sin pelo, con algunos problemas físicos… ¡No me sentía para nada la que era antes! Ni siquiera estaba segura de dónde vivir… Yo soy italiana. Me fui un mes a Italia durante mi baja laboral y me preguntaba dónde iba a continuar viviendo, si iba a seguir trabajando como ginecóloga… Te replanteas todo porque partes de cero realmente. Y ahí residió mi máxima dificultad. Porque en el proceso del cáncer más o menos te van guiando. Te dicen continuamente lo que tienes que hacer y tú te dejas llevar. Pero en la recuperación es donde tú vuelves a ser la protagonista de tu vida y eso es lo más duro, porque hay que volver a conocerse uno mismo; se cambia mucho… No sólo físicamente… Te cambia todo, la perspectiva de la vida, de cómo miras a la gente, a tu familia incluso a ti misma, y yo no me reconocía…

 

¿En qué cambió?

Yo era muy aventurera, muy viajera… Me he ido al otro lado del mundo sola y sin ningún problema… Uno de mis deseos era tirarme en parapente, pero mi pilló la enfermedad… Las amigas me regalaron la experiencia para cuando me curara, pero aún está ahí… Sin poderla aprovechar porque no tengo la osadía de antes. Yo soy de Florencia pero vivo en Barcelona y al principio me costaba vivir sola, tenía miedo de que me pasara algo… Antes nunca había tenido miedo… Era muy valiente. No me reconocía… “¿Qué me ha pasado?”, me preguntaba… ¡Yo no era así…! Y tuve que volver a enamorarme de mí misma.

 

¿Cómo lo hizo?

Con mucha paciencia… Leí mucho, hice actividades diversas que me ayudaron y conté con el apoyo de las psicólogas. Pero sobre todo mucha paciencia…

 

¿De cuánto tiempo estamos hablando?

Yo volví al trabajo en un año y medio. 18 meses en total.

 

¿Ese espacio de tiempo es lo común?

Cada uno lo vive de manera diferente. He conocido personas que cuando estaban sometiéndose a quimio o radio ya habían vuelto al trabajo. Lo que tardé yo creo que no es lo habitual. Pero incluso hay gente ni vuelve a trabajar por diversos motivos… Lo habitual es que los tratamientos duren, en total, un año. Por suerte mis compañeros me cuidaron muy bien y me aconsejaron sabiamente. Me dijeron: “Recupérate bien porque luego, cuando vuelvas al trabajo, no habrá descuentos. El trabajo es el trabajo”. Sabiendo que cuando me reincorporase me tocaba el horario completo tardé algo más en volver, para poder estar al cien por cien. Piensa que pierdes toda tu fuerza con los tratamientos. Sólo el ir y volver del trabajo supone un gran esfuerzo. Yo recuerdo que durante el primer mes tras mi vuelta sólo trabajaba y dormía, no hacía nada más, aunque habían pasado seis meses tras finalizar los tratamientos. Y como médico no me sentía capaz de ayudar a las personas. No me sentía médico y tenía mucha intolerancia ante lo que yo consideraba tonterías. En las consultas de ginecología una infección por cándidas, que es lo más común, me parecía una nimiedad porque yo había sobrevivido a un auténtico tsunami… Y tenía miedo de mis propias reacciones. Lo explico en el libro: era como si durante un año y medio hubiera estado fuera de la tierra, con los marcianos, y tras ese tiempo hubiera vuelto al mundo… Pero en un año y medio pasan muchas cosas… Era como volver desde muy, muy lejos. Vuelvo a la tierra y qué me encuentro: ¡que la gente está agobiadísima por tonterías! Yo, que vuelvo desde la muerte, me doy cuenta de que la mayoría de las personas habla de que ha llovido y de que se les han mojado los zapatos… Nimiedades. ¿Yo tenía que volver a todo eso? Me quería bajar del tren. Yo, que tenía una actitud positiva porque me sentía mejor cada día, podía disfrutar del sol, de un paseo, de ver a una amiga que hacía tiempo que no veía…, me encontraba que a mi alrededor la gente se quejaba de que llovía y se habían mojado… Los encontraba muy raros a todos, pero está claro que la rara era yo. También por eso me resultaba difícil volver a trabajar.

 

Tenemos una memoria muy selectiva y olvidamos rápidamente las cosas negativas. ¿Se olvida una de que ha estado enferma?

Creo que no. Con el tiempo vuelves a la realidad y a quejarte de que se te han mojado los zapatos, pero la enfermedad no se olvida nunca. Personalmente tengo un buen recuerdo en general. Sé que he sufrido y me acuerdo de todo lo que he pasado. Pero no lo recuerdo como víctima, si no como una experiencia enorme que me ha hecho crecer muchísimo y que también me ha cambiado muchísimo. Creo, y espero, que ahora soy mejor persona. Me siento mucho más equilibrada que antes.

 

¿Qué aprendió como paciente que no le enseñaron en la carrera como médico?

En la carrera no nos enseñan comunicación. Nos comunicamos con nuestros pacientes cada día y damos cada noticia lo mejor que podemos. Ojalá hubiera una asignatura en la carrera de buena comunicación y de gestión emocional. Sería muy útil, ya sea hacia los pacientes, para ayudarlos a aceptar lo que les pasa, como hacia nosotros mismos, porque cargamos con los problemas de las personas. Es nuestro trabajo, pero nadie nos ha enseñado qué hacer con todo eso. Y somos personas. Si tienes un día duro, porque has tenido que dar malas noticias, o porque algún paciente ha sido muy conflictivo, llegas a la noche destrozada física y emocionalmente. Y hay que saber gestionar todos esos momentos y emociones. Nadie nos lo ha enseñado y hacemos lo que podemos.

Por otro lado también he aprendido a decir No y a hacerlo de manera asertiva. Antes me sabía mal negarme a hacer cosas que quizás no me tocaban, pero como médico y como persona el cáncer me ha enseñado a saber decir No, porque también ese aprendizaje es amor hacia uno mismo.

 

Siendo paciente de oncología y a la vez médico, ¿qué desventajas tuvo?

Sabía lo que me iba a pasar. Cada día sabía cuál era el siguiente paso. Saber demasiado fue una desventaja, porque luego cada uno es un mundo y a cada uno le va como le va haciendo lo mismo. También tuve que hacer un esfuerzo por ser paciente. Yo no soy oncóloga y tuve que confiar en el equipo de oncología. Tuve que ponerme en sus manos y para un médico es no es siempre fácil. Me dijeron: “Tú ahora haz de paciente y no de médico. Cualquier cosa que te pase, llámanos y ven aquí”. Así que les hice caso y colgué la bata blanca. Me puse en sus manos. Ese cambio de actitud fue importante y positivo a la vez para mí, porque justo con la primera quimio yo enfermé. Tuve una fiebre muy alta. Dudé si automedicarme o bien llamar al teléfono de 24 horas que tienen en el hospital donde me traté, un servicio que me parece fantástico y muy útil. Cada centro oncológico debería tenerlo. Como me habían dicho que llamara ante cualquier percance, dejé de hacer de médico e hice de paciente. Les conté lo que me pasó, aunque me sentía como una tonta por llamar a causa de una fiebre, pero menos mal que lo hice y que fui tal y como me indicaron, porque me ingresaron y ya no volví ni a casa a causa de una bajada grave de glóbulos blancos. Me tuvieron que administrar antibióticos en vena muy fuertes para que pudiera recuperarme y estuve en el hospital una semana. Eso me pasó justo los primeros días de tratamiento, ¡empezábamos bien!

 

Tras su experiencia, ¿qué debería cambiar en las unidades de mama o en cualquier unidad oncológica para hacerlas más humanas?

En todos los centros de salud deberían hacerse cursos de comunicación y de gestión emocional. Y por otro lado la organización. Es muy importante facilitar al paciente oncológico todo el camino del tratamiento: tener listados de pruebas y visitas sucesivas con lugares donde acudir, horarios y días. Yo los tuve y me pareció muy útil. Lo agradecí. Así como el teléfono 24 horas del centro oncológico en el que se trata cada persona… Es de gran ayuda y puede salvar vidas, porque entre visita y visita te pueden surgir problemas y ese servicio está para dar mayor apoyo médico, pues tienen tu historial.

 

¿Qué quiere que se lleven los lectores tras la lectura de su libro?

Que todo sirve para algo. Todo en este mundo sirve para algo. Es uno de los mensajes que también transmito en el libro. Yo cambié la pregunta a hacerme. En lugar de preguntarme “por qué”, me pregunté “para qué”. Y ese cambio de chip me ayudó mucho en la recuperación. Muchas cosas en este mundo no tienen un por qué. Si te quedas en esa pregunta, te encallas, no evolucionas y es fácil caer en el victimismo y en la pasividad. Pero si cambias la pregunta al “para qué” te da un empujón. A mí me lo dio. Busqué mi “para qué” y me dio una perspectiva diferente de las cosas, mucho más proactiva. Cualquier problema de la vida, y el cáncer también, sirve para algo. A veces se pierden amigos, pero se ganan otros y quizás mejores… La enfermedad lleva cambios, pero hay que encontrarle lo positivo y el para qué de dichos cambios, porque siempre los hay. Uno de mis “para qué” ha sido ayudar a mis pacientes y a mis compañeros.

Puedes comprar el libro aquí.

Más información sobre el libro: Grupo Almuzara (editores)

De Florencia a Barcelona

Ilaria Bianchi nació y creció en Florencia, donde vivió hasta los 30 años. Desde siempre sintió el deseo de ayudar a los demás, así que decidió hacer la carrera de Medicina. Licenciada en 2002 hizo posteriormente la residencia en Ginecología y Obstetricia. Su pasión y ganas de mejorar la llevaron a hacer un doctorado en Medicina Maternofetal en Philadelphia (EE.UU.). Posteriormente, una beca en el Hospital Clínic de Barcelona la devolvió a Europa para acabar enamorándose de la Ciudad Condal, donde decidió quedarse para vivir y trabajar. Tras varios años integrada en la ciudad un cáncer de mama le ha llevado a ver la vida y su profesión de otra manera.

http://ilariabianchiginecologa.es/

 

 

 

 

 

 

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