Dime de qué presumes, y te diré de qué careces. El refrán viene como anillo al dedo para retratar los estragos emocionales que causa la sobreexposición a las redes sociales. Al final resultará que los analógicos seremos las cucarachas que sobrevivirán al holocausto digital.

 

 

Recientemente saltó la “alarma” de que uno de los youtubers más conocidos y seguidos de España había decidido retirarse temporalmente agobiado por el estrés y la presión que le suponía tener que subir constantemente videos para satisfacer su pulsión exhibicionista y el ansia voyeurista de sus casi treinta millones de seguidores. Una ansiedad, confesaba, que incluso llegó al extremo de dificultarle la respiración ante la cámara cada vez que grababa sus populares directos.

No es el primer caso, ni será el último. Era cuestión de tiempo que la dictadura de los likes y la obsesión por aparentar felicidad en las redes sociales se cebara sobre personas –en muchos casos jóvenes– que abrazan como un maná, sin filtros emocionales, la facilidad, inmediatez y alcance del universo virtual para romper los estrechos límites del círculo de amistades de toda la vida e intentar arañar una porción del pastel del reconocimiento multitudinario.

El temor a la exclusión social siempre ha estado ahí –al fin y al cabo no somos eremitas, nos gusta afirmarnos como parte de un grupo con el que compartimos intereses y gustos–, pero Facebook, Twitter, Instagram y compañía han multiplicado exponencialmente la necesidad compulsiva de estar pendiente de todo y el miedo a que los otros estén siempre a la última en cuestión de vida social. Hasta el punto de que el fenómeno ha originado sus propias “dolencias”. Los anglosajones, con su manía –y habilidad– de etiquetarlo todo, han acuñado la expresión FOMO (Fear of Missing Out, miedo a perderse algo) y su némesis, POMO (Pleasure of Missing Out, el placer de perderse algo), que propone superar la sobreexposición a las redes sociales y practicar un sano aburrimiento en casa. Como si la pura holgazanería de toda la vida tuviera que ser un ejercicio consciente. Nada de esto parece exagerado cuando hasta una institución del prestigio de la Real Sociedad Británica de Salud Pública (RSPH) ha calificado a Instagram, la plataforma líder de intercambio de fotos y videos, con 800 millones de usuarios, como la peor red social para la salud mental de los jóvenes. Cada vez más psicólogos y sociólogos están detectando que la avalancha de imágenes de belleza física, de vidas aparentemente maravillosas en destinos de ensueño y en fiestas súper divertidas es una invitación a soñar, pero también un espejismo que nos confronta con una realidad cotidiana mucho más gris. Y ese desajuste entre ficción y realidad es una grieta por donde se cuela fácilmente la insatisfacción y la depresión. Lo preocupante es que este riesgo se ceba en las personas que representan el mañana, los millennials en la frontera de los treinta y pocos, nativos digitales que no parecen concebir la vida más allá de las seis o siete pulgadas de su pantalla.

Bendito anacronismo

Yo siempre había pensado que mi recalcitrante militancia analógica era un anacronismo que amenazaba con llevarme a la ruina profesional y personal, a expulsarme como un paria del paraíso hiperconectado. Pero al final resultará que es una vacuna contra la pandemia de idiotez que acabará asolando el mundo, y que acabará con el planeta poblado de zombies emocionales enganchados a sus smartphones. Bienaventurados los vetustos, porque de ellos será el reino de los cielos.

La obsesión por mostrar plenitud es el reverso oscuro de una realidad mucho más mediocre

 

 

 

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