Ríanse ustedes de las “patéticas” conversaciones masculinas sobre fútbol y sexo: no hay nada más espeluznante que un grupito de mujeres que, cual gineceo revolucionado, se muestran arrebatadas ante el tema de la maternidad y el cuidado de los hijos.

Instinto maternal (foto: Anita Maternity)

Instinto maternal (foto: Anita Maternity)

Trabajo en una empresa en el que el 80% de los empleados son mujeres jóvenes, de entre 25 y 40 años. En este espectro de edad, muchas de ellas entran en una fase de “consolidación” de sus proyectos personales a medida que sus carreras profesionales y sus relaciones de pareja se estabilizan. El colofón a todo ello, por lo que se ve, ha de ser echar al mundo una o varias criaturas.

Hasta ahora, ningún reproche: no voy a ser yo quien ponga en solfa el legítimo deseo de fundar una familia. Lo que ya me saca de quicio es la explosión de éxtasis, de frenesí desatado, en el que se convierte esa especie de gineceo en el que trabajo cada vez que sale a colación el tema de los hijos, y, especialmente, cuando alguna de las trabajadoras, que estrena reciente maternidad, trae su retoño a exhibirlo cual trofeo de caza, para regocijo de sus compañeras. ¿Se han parado a pensar lo insoportable que puede llegar a ser asistir durante un rato largo -sin posibilidad de escaqueo, pues, repito, estamos en un ambiente de trabajo- a una conversación sobre las habilidades y maravillas de que son capaces todos los hijos, sin excepción? -pues al parecer, no hay vástago “normalito” física ni intelectualmente; todos son una monada -joder, para mí, todos los recién nacidos se parecen como dos alcachofas- e inteligentísimos. A estas despiadadas “apologetas del útero” les trae sin cuidado que uno pretenda concentrarse en su tarea para hacerla lo mejor posible (¡por Dios, que estamos trabajando!). No, qué va, tienen que desgranar ante su cautiva audiencia cada una de las supuestas genialidades de sus bebés, se trate de una graciosa ventosidad o de su precoz capacidad para elaborar discursos con frases de más de dos palabras. Yo me pregunto, ¿es realmente inevitable todo este despliegue de cacofonías, grititos y chorradas cada vez que se habla o se está en presencia de niños? ¿No puede encontrarse un modo más discreto, sereno y equilibrado de expresar el sincero amor materno-filial?

El desdén de las “ayatolás”

Y ahí no acaba todo. Lo más alucinante es el desdén con que esas “ayatolás” de la reproducción tratan a cualquiera – hombre o mujer, que también las hay- que se aparte de la corriente general, que manifieste, no ya frontal oposición, sino incluso tibieza, ante la cuestión. Es más, se permiten el lujo de afirmar que nuestra actitud no es más que una “desviación”, un “impasse” que se resolverá cuando acunemos entre los brazos a nuestros herederos, como si de un destino inexorable se tratara. Aquí no hay vuelta de hoja: o proclamas a los cuatro vientos tu adhesión inquebrantable al dogma de la maternidad, o eres poco menos que un apestado. En esto continuamos pareciéndonos a los mamíferos gregarios, que no dudan en apartar e incluso eliminar físicamente a los individuos “débiles” cuyo comportamiento pone en peligro la superviviencia del grupo. Quizás crean que soy un exagerado, cuando no directamente un cretino, pero ustedes no son conscientes del infierno en que puede convertirse mi lugar de trabajo cada vez que surge la cuestión.

Además, una mocosa de tres años, hija de una compañera que ha aparecido y se ha sentado en mi regazo, sin venir a cuento y sin pedir permiso, acaba de mancharme con rotulador mis maravillosos
tejanos Levi’s vintage, y no estoy para hostias. Lo siento.

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