Imagínense la peor de las torturas psicológicas; multipliquen por mil sus devastadores efectos. Aún así, solo conseguirán tener un pálido remedo del indecible espanto que para un hombre supone escuchar a su pareja decirle: cariño, ¿me acompañas de compras?

Ir de compras con tu pareja puede convertirse en un via crucis.

Ir de compras con tu pareja puede convertirse en un via crucis.

Leí hace algún tiempo en un libro que las diferentes aptitudes y actitudes que mostramos los hombres y las mujeres en determinados aspectos de nuestro comportamiento social se remontan a nuestro origen como especie, cuando aún no habíamos descubierto la agricultura. En aquellos remotos tiempos, los hombres nos dedicábamos a la caza, y las mujeres a la recolección de los alimentos que la naturaleza proporcionaba de forma espontánea. Esta diferencia de roles determinó la particular especialización de la vista en cada sexo: los hombres, como “depredadores” -y al igual que los felinos-, desarrollamos una visión con muy poco angular, pero una gran profundidad de campo, que nos permitía “enfocar” con precisión nuestra presa para cobrarla con rapidez. En cambio, las mujeres desarrollaron una visión en gran angular, para abarcar el mayor número posible de plantas y árboles de los que recoger sus frutos. Esta estrategia hizo que sus focos de atención se multiplicaran, y que debieran dedicar mucho más tiempo que nosotros para tal actividad, “deambulando” y posando la vista aquí y allá.

Esa “especialización” ha persistido, y en la vida moderna tiene su mejor reflejo en el acto de la compra -y en otros que ocuparían otro capítulo entero, como la conducción-. Según los autores del libro, de ese pasado ancestral de “recolectoras” se derivaría el delicioso placer que experimentan las mujeres recorriendo las calles comerciales y grandes almacenes o manoseando el género de los estantes de las tiendas, inasequibles al desaliento y sin que el paso del tiempo signifique nada para ellas.

Sesudos estudios han demostrado que los hombres se “agobian” en el entorno de un centro comercial en menos de una hora -”ya tengo mi camisa, maldita sea, volvamos a casa”- mientras que la media, en el caso de las mujeres, ronda las dos horas. Esa diferencia de tiempo se convierte, por lo que a mi género respecta, en un suplicio interminable, aderezado, en las situaciones más exasperantes, con inconfesables pulsiones homicidas.

Porque ¿quién es el guapo que no ha deseado estrangular a su ‘partenaire’ (o cuando menos, largarse y dejarla tirada) cuando empieza su horrible ritual de mirar ropa, darle mil vueltas, dejarla tirada de nuevo en el estante de cualquier manera -para “alegría” de los dependientes-, escoger al cabo de exasperantes minutos una selección de prendas, probárselas todas, sopesar con detenimiento los pros y contras, volvérselas a probar porque no acaban de convencerse, y encima regodearse con el sadismo de preguntarnos si les quedan bien?

Paisaje después de la batalla
Por no contar el alucinante espectáculo de la sorda disputa por sus “dominios”: pongan a dos mujeres a mirar en un mismo lineal de ropa, y experimentarán con toda su crudeza lo que es el odio ciego.

Lo que quedará después de una jornada en el interior de cualquier establecimiento de ropa de una gran cadena es un espectáculo dantesco de caos y destrucción, cual campo de batalla arrasado por las salvajes huestes de Atila; un espectáculo del que los hombres habrán sido desquiciados testigos cautivos. Si existe una imagen contemporánea del martirio y la santidad, ésa es la de un hombre acompañando a su pareja de compras.

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