Ésta es la historia de Melchor Rodríguez, destacado anarquista, militante de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) y conocido como “el Ángel Rojo” por las vidas que salvó durante la Guerra Civil española. Está contada por un narrador que mira los sucesos a través de los ojos y las vivencias de la hija, Amapola. A Melchor Rodríguez hay que entenderlo en toda su dimensión, que a los personajes sólo suele vérseles un rostro público -al que se le ve, porque el de Melchor parece tapado por unos y otros-, pero en ocasiones el rostro familiar, el privado, es el que más lo construye y el que lo sostiene. Amapola Rodríguez, la hija de Melchor, resulta esencial en esta novela. También quiere ser un homenaje a ella a través de la figura del que fuera su padre, un anarquista de principio a fin, íntegro y defensor de vidas, de cualesquiera que fueran, no importaba la ideología que tuvieran, en tiempos de una guerra “incivil”, caracterizada por demasiadas rencillas, heridas abiertas y pistoleros. Hablamos con el coautor de la novela, Rubén Buren, bisnieto de Melchor Rodríguez.

Por Mercè Quesada Amador

Fotos de Rubén Buren y de Joaquín Leguina: Desirée Rubio

La obra “Os salvaré la vida” (Espasa, 2017) recupera, a partir de la narración oral familiar, la figura de Melchor Rodríguez García, (Sevilla, 1893 – Madrid, 1972), que jugó un importante papel durante la Guerra Civil española. La novela está escrita a cuatro manos por Joaquín Leguina (Villaescusa, Cantabria, 1941), primer presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid (1983-1995), economista, ensayista, novelista…, y por Rubén Buren (Madrid, 1974), bisnieto de Melchor, dramaturgo, humorista, pintor, guionista y director de teatro, además de músico. Tal y como lo define Buren, “Melchor era un personaje muy jugoso: si él había detenido las matanzas descontroladas en Paracuellos en 1936 y las “sacas” en las cárceles republicanas en los primeros meses de guerra eso sólo quería decir que las había habido. La derecha quería al Ángel Rojo para decir que todos mataron por igual, cosa que no fue así, y los de izquierdas no querían hablar de él, porque significaba reconocer la cruel represión republicana”. El “Ángel Rojo” salvó a miles de personas de la muerte, aunque él estuviera siempre en peligro, y como delegado de prisiones en Madrid evitó torturas y puso fin a las “sacas”, las ejecuciones de presos que se realizaban de manera irregular, masivamente y sin juicios. A pesar de que en los años 40 fue juzgado en varias ocasiones, pudo salvar la vida justamente porque algunos personajes del bando triunfador tuvieron memoria. Ellos habían salvado la vida durante la guerra gracias a Melchor Rodríguez: Raimundo Fernández Cuesta, Agustín Muñoz Grandes o Bobby Deglané, entre otros, tuvieron presente, tras terminar la contienda, que estaban vivos gracias al “Ángel Rojo”. Sin embargo, no todo el mundo tuvo esa misma memoria. Este libro pretende recuperarla.

 

 

 

En el epílogo del libro, José Antonio Martín Otín, conocido como “Petón”, dice que en las circunstancias en las que se conocieron usted y Joaquín Leguina hubieran podido acabar a sartenazos, sin embargo, acabaron escribiendo un libro. ¿Por qué dice eso Petón?

Porque Joaquín Leguina ya estaba escribiendo un proyecto sobre Melchor Rodríguez, y yo, que sabía que es socialista, decía: “Pero qué va a saber éste de anarquismo…”. Petón me insistía para que lo conociera, diciéndome que era una gran persona, pero yo le contestaba que claro que podía serlo, pero que con sus ideas difícilmente íbamos a poder colaborar, porque, aunque yo no tenía muchos prejuicios, me temía que en su proyecto otra vez se pusiera a los anarquistas como a unos asesinos, tal y como los franquistas y los comunistas los habían declarado desde su historia. Sin embargo, para nada fue así. Nos entendimos a la perfección. Él tiene sus ideas; yo tengo las mías, y como los dos estamos muy acostumbrados a discutir con personas que no tienen nuestras ideas, algo que en este país debería ser muy necesario, ha sido muy, muy interesante. Yo he aprendido mucho sobre socialismo y él sobre anarquismo. Nos hemos retroalimentado muy bien. De hecho, estamos escribiendo otra novela ahora.

 

¿Nuevo libro cohecho?

Sí, lo presentaremos en junio y en esta ocasión estamos escribiendo sobre el “enemigo” común, un comunista, Paco Boix.

 

¿En “Os salvaré la vida”, qué parte es más de Leguina y qué parte más suya?

Hemos trabajado mucho los dos todo. Yo venía con mucha información emocional de la familia, Leguina, que es un intelectual como la copa de un pino, venía con mucha información sobre la Guerra Civil. Sí que es cierto que de las partes en las que se habla más de la CNT y del anarquismo me he ocupado yo y de las que se habla del socialismo y de la UGT habla más él. Tras las aportaciones cada uno ha hecho un ejercicio de lectura crítica del trabajo del otro muy interesante y enriquecedor.

 

¿Por qué han estructurado el libro así, primero, los días antes de la derrota final ante las fuerzas franquistas, luego, la historia previa, y finalmente la postguerra? No corresponde a un orden cronológico.

Es una estructura que te distancia, sobre todo la parte del medio, y eso es lo que queríamos, porque buscábamos que la emoción no desdibujara el personaje. En la primera parte el lector está como en una película, en la segunda parte se contextualiza el momento a través de la vida de Melchor, con lo cual se saca completamente al lector de la emoción, y finalmente desembocamos al lector de nuevo en una película, costumbrista, por cierto.

 

¿Hubo otros “Ángeles Rojos” durante la época?

Con la fuerza de Melchor Rodríguez no, sobre todo por los cargos que él tuvo y en los momentos que los tuvo, pero formó parte de los Libertos, que tenían la misma filosofía. Melchor pudo salvar más de 20.000 vidas en los años que se hizo cargo de las prisiones republicanas cuando todo el mundo estaba loco por matar a los presos. La verdad es que buscamos personas como él y encontramos a gente, en los dos bandos, que han salvado vidas, pero no tantas como lo hizo Melchor y con la obsesión que tuvo él por hacerlo por encima de sus ideas. Él habla de eso, de defender tus ideas, pero no de morir por ellas. Melchor, además, estaba muy comprometido con las desigualdades sociales.

 

El poema de Miguel Hernández que abre la segunda parte del libro es demoledor… Parece que siempre ganan los mismos…

Es que siempre ganan los mismos…

 

¿Y siempre van a ganar los mismos?

No lo sé… La pregunta quizás sea saber cuándo nosotros nos convertimos en “los mismos” y si somos modificaciones de “los mismos”. Hay que dar voz a los que pierden las guerras, sobre todo a aquellos que la han perdido sin estar en ningún bando. Decía Eduardo de Guzmán que “los franquistas querían que nosotros fuéramos perdedores hasta que nos muriésemos de viejos”, que nos sintiésemos siempre perdedores.

 

Se dice en el libro: “Ganar no sirve de nada si no puedes regodearte de la derrota de los otros”

Eso te demuestra el odio, con ese nacionalismo españolista atroz que tienen, hacia el otro, la aniquilación de la persona desde todo punto de vista: histórico, moral, físico, sexual, porque sometieron a la mujer, la destrozaron, y también a los homosexuales… Hubo una aniquilación del enemigo en todos los géneros que componen al ser humano. No hay ninguna guerra civil que no haya aniquilado a adversarios. Y luego, los que acaban ganando, se reinventan la historia. Pero también hubo del lado de las izquierdas que se la inventó. Santiago Carrillo fue uno de ellos, y no lo digo yo, lo ha dicho también Enrique Líster, comunista que escribió el libro “Así destruyó Carrillo el PCE”. Cuando se firmó la transición y los pactos de silencio, pareció que en la Guerra Civil sólo hubiera habido franquistas y comunistas. Los que se enfrentaron a los militares sublevados fueron los anarquistas. La CNT y la UGT sumaban tres millones de afiliados, mientras que el Partido Comunista tenía 15.000 afiliados y la Falange tenía 17.000… Parece que se nos olvidan estas cosas. Yo no estoy diciendo si fueron buenos o malos, sino que las cosas son como son. Pero cuesta mucho sacar a la luz toda esa información. Alfonso Domingo, por ejemplo, es el único historiador que he dejado acercarse a mi abuela, porque se ha sentido utilizada y manchada. Y es que hablar de Melchor es algo muy complicado, porque significa hablar de la represión republicana y de los crímenes de la República. La izquierda, que es poco revisadora, no quiere hablar de ello. Parece que estamos instalados en un “buenismo” donde la República fue maravillosa, pero ésta, del 31 al 32, mató a 108 obreros en una huelga, y mi abuelo sacó una pancarta que ponía: “Maura, el de los 108 muertos”. No puedes reprimir a la gente enviando a la policía a disparar. Y luego otra mentira del patriarcado en el que estamos instalados: que como la mujer pudo votar a partir del 33, fue por ello por lo que vino la derecha… ¡Por favor! La derecha llegó porque la CNT decidió no votar debido a que la República estaba matando… A mí eso me jode, literalmente, porque parece que sólo hayan muerto por España los de derechas… Y ni siquiera por España, murieron mucha gente de izquierdas por una idea de progreso.

 

De hecho, el libro reparte “estopa” entre todos: comunistas, anarquistas, socialistas, franquistas…

La única manera de revisar la historia es, justamente, revisándola, no es reescribiéndola. La Transición, por ejemplo, hay que ponerla a parir para revisarla y eso no quiere decir que no fuera alucinante, porque se llegaron a acuerdos que parecían imposibles, pero, tras 40 años, ¿no podemos revisarla? ¡Anda ya! Hay que revisarlo todo, en eso consiste una democracia, en que todos hablemos. Los anarquistas no decimos: “mi libertad termina donde comienza la tuya”, sino “mi libertad comienza cuando lo hace la tuya”. Podemos pensar muy diferente, pero para empezar a andar tenemos que ponernos de acuerdo en unos mínimos.

 

Dice un personaje en el libro: “Parece que siempre tenemos que apagar un incendio para ser felices”. ¿Necesitamos reconocernos en las heroicidades?

Los héroes son necesarios para recordar arquetipos de una sociedad moral, algo que poco a poco estamos perdiendo. Toda crisis trae consigo una crisis moral y política. La crisis es un intento del capitalismo que se produce cada quince años para recoger beneficios, y no aprendemos nada de ello. Necesitamos héroes para reconocernos en las partes más intrínsecas de lo que somos. Lo que ocurre es que esos héroes en ocasiones nos llevan a sitios poco adecuados. ¿Quién maneja y coloca a los héroes? Si son los ganadores te colocan en la zona del poder… Amapola, por ejemplo, para mí es una heroína. Su reto en la vida fue vivir, salir adelante. Necesitamos referencias morales que creen un espacio ético profundo en la sociedad. Tras la Segunda Guerra Mundial nos quedamos sin alternativas morales. Ahora, es el consumo la única alternativa.

 

 

A lo largo del libro, a pesar del poco papel que se concedía a las mujeres, incluso desde esa izquierda que “promulgaba” la igualdad, el peso de los personajes femeninos es contundente. Alrededor de ellas pivotan historias y otras se sostienen gracias a ellas…

Hay que verlo con contexto. Es muy diferente el feminismo actual respecto al de entonces. No podemos opinar sobre lo que éramos teniendo en cuenta lo que somos. Sin ese contexto pasado no tendríamos lo que tenemos ahora, sea lo que sea que tengamos. Pero, en cualquier caso, las mujeres han sido siempre las perdedoras de la historia. Han estado por debajo de los perdedores… Yo siempre que escribo teatro me gusta hacerlo sobre conflictos femeninos. Y en la película que estoy haciendo, Maquis, la película”* sólo aparecen mujeres. No sale ni un hombre de extra. ¡Y claro que el peso de las mujeres es importante en la novela! Porque son las perdedoras de los perdedores… Y tras ellas todavía hay mujeres que no están en su hueco moral, intelectual, personal… Hay que hablar de las mujeres en general. No se ha hablado suficiente de ellas. Se habrá hablado lo suficiente cuando no haya ninguna mujer maltratada en este país.

 

Melchor Rodríguez, ante momentos de exaltación popular, pacificó con su discurso a la masa exaltada. ¿Cómo vacunarse para evitar convertirse en una masa sin orden ni sentido?

Con el anarquismo humanista. Del anarquismo han dicho que ha sido muy violento. Cualquier doctrina política, en un momento u otro, ha sido violenta o ha tenido una franja que ha sido violenta. Pasa lo mismo con el fútbol. Cuando voy a ver al Athletic de Madrid, la gente va con sus hijos, con sus parejas, se comen un bocadillo, a lo mejor le pasan la bota al del Bilbao si juegan contra ellos… Y parece, porque hay cuatro descerebrados que insultan y pegan, que el fútbol es todo violencia… Pues yo no la veo cuando voy al campo. Y con respecto al anarquismo pasa algo similar.

La prensa lo ataca tanto porque supone una reflexión contra ti mismo, porque supone una lucha anti sistema y contra tus propios postulados… Supone un montón de cosas que no gusta ni a capitalistas ni a comunistas.

 

Los anarquistas hicieron mucha labor de alfabetización, organizando espacios de aprendizaje a través de los ateneos libertarios. ¿Han sido suficientemente reconocidos?

Nunca, porque la historia no la escribieron ellos…

 

Amapola y Melchor no se pudieron despedir en vida. Cuánto dolor… Y cuánta terquedad…

No se pudieron despedir porque habían discutido por muchas cosas, y al final, por tonterías familiares, no llegaron a decirse adiós. Pero cuando mi abuela estaba ingresada, antes de morir, me dijo que su padre había ido a verla. Ella, que no creía para nada en esas cosas, vio a su padre… Tuvieron una relación muy potente…

 

*Sobre “Maquies, la película”: http://www.maquislapelicula.com/ Está escrita y dirigida por Rubén Buren e interpretada por Paloma Suárez, Fátima Plazas y Zaida Alonso. La música también es de Buren.

 

 

Conexión

Con Buren tengo más de un punto en común. Yo también tuve alguien de mi familia muy comprometido con las personas. Y yo también adoraba pasar las horas de mis comidas en la cocina de mi casa, antes de volver al colegio por la tarde, escuchando las historias que mi madre me contaba sobre su pueblo, Sabiote, en Jaén. De cómo el tío Facundo, que estaba afiliado a la UGT, enseñaba a leer a jóvenes y a jornaleros, por la noche, en la escuela nocturna. De cómo sufrió él y su familia por llevar el estigma de ser de izquierdas. De cómo mi madre quiso estudiar y nunca pudo ni la dejaron, hasta que ella, ya mayor, decidió apuntarse al colegio de mayores y a grupos de lectura y de catalán. Como le pasaba a Amapola, a mi madre no siempre le resultaba agradable remover recuerdos. Los llevaba demasiado a flor de piel, erizándosela, rascándosela, “para qué, hija, son muy tristes”, me decía… Pero para mí, las imágenes de aquella cocina pequeñita, con aquella mesa plegable alrededor de la cual nos sentábamos a comer mi hermano y yo, mi madre de pie acabando de preparar la comida, yo pidiendo historias y ella explicando, son auténticos tesoros. Por eso entiendo a Buren. Yo entonces no cocinaba con mi madre como lo hizo él para que su abuela Amapola le explicara la vida de su bisabuelo, Melchor Rodríguez, pero también esas historias, mis historias, se relataban alrededor del fuego. Gracias, Rubén, gracias, Amapola. Por toda la valentía. Que nadie diga que Amapola fue cobarde. Nadie. Cuántas familias sabrán de historias similares…

“Os salvaré la vida”, de Joaquín Leguina y Rubén Buren (Ed. Espasa, 2017) – PVP: 19,90 €. La novela ha obtenido el Premio 2017 de Novela Histórica que concede Caja Castilla La Mancha y Espasa, del Grupo Planeta. www.planetadelibros.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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