A todos nos gusta que nos miren y nos reconozcan cierto atractivo, para qué engañarnos. Algunos lo logramos de modo natural -llámenlo carisma, genética o estilo-, pero otros no dudan en rozar el ridículo por atraer la atención. ¿Está todo permitido en la gran feria de las vanidades?

 

 

Caso uno: tenemos chica nueva en la oficina. Muy joven -quizás le doble la edad-, y entradita de carnes sin llegar a la gordura, su presencia no ha pasado desapercibida este verano: en cuanto empezó a apretar el calor, adoptó un dress code que ha sido la comidilla de los que trabajamos en su entorno: shorts apretados y camiseta de tirantes ajustada a través de los cuales desbordaba un muslamen y una pechera con una regatera que ríete tú de la fosa de las Marianas.

Más allá del impacto estético, lo sorprendente es la aparente naturalidad con que ha lucido ese aspecto en un medio en el que supuestamente rigen unos códigos estéticos -en el caso de mi empresa no escritos- que requieren de cierta formalidad y discreción para no crear “ruido” visual innecesario. En su descargo he de decir que nadie, ni sus superiores, le ha llamado la atención. Algunas compañeras me han comentado -porque yo con ella apenas he cruzado un “hola” en la máquina del café- que es una chica muy feminista. Y he pensado que quizás sea una de esas tipo Femen -ya saben, las militantes que irrumpen en actos exhibiendo sus cuerpos desnudos como protesta contra el patriarcado y el machismo-; es decir, una que combate la cosicación de la mujer no escondiendo su cuerpo de la mirada libidinosa del hombre, sino al contrario, mostrándolo sin pudor, desarbolando convenciones e imponiendo por la vía de los hechos consumados la “normalidad” de su voluptuosidad física. Pero esas mismas compañeras han desmantelado mi pretensión de dotar de corpus intelectual a su indumentaria y las intenciones que la animan tildándola directamente de calientabraguetas y exhibicionista, que lo que en realidad busca es que la miren. Qué crueles son ustedes con las de su propio
género cuando se lo proponen.

Caso dos: mi novia es socia desde hace poco tiempo de uno de los gimnasios más exclusivos de mi ciudad. Aparte de alabar sus servicios de primera calidad, lo que le ha llamado la atención es que, al ser un centro solo para mujeres, estas se desenvuelven por sus instalaciones con una campechanía y laxitud imposible en los centros mixtos: entre otras cosas, practican top less en el solárium o lucen máscaras faciales sin que les importe su aspecto. Me cuenta que en el otro gimnasio al que iba, algunas mujeres eran capaces de tirarse media hora acicalándose delante del espejo solo con el objetivo de mostrarse impecables a sus compañeros masculinos en la clase de zumba, kick boxing o lo que sea que hagan allí. Total, para acabar derrengadas y perdidas de sudor al cabo de unos minutos.

Ni tanto ni tan calvo
Yo ya sé que un gimnasio no es precisamente un retiro espiritual, y que allí el mercadeo de “carne” y miradas está a la orden del día; pero, ¿llegar a maquillarse en un sitio al que vas a echar el bofe? ¿No les parece un pelín exagerado? Digo yo que debe haber un término entre el feminismo pasado de rosca del primer caso y la obsesión casi enfermiza de estar como un pincel en cualquier situación del segundo. ¿Realmente creen que los tíos merecemos tanto esfuerzo?

 

Algunas féminas combaten la cosificación de la mujer “normalizando” la exhibición sin tapujos de su cuerpo

 

 

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