¿Han visto alguna vez la película “Armas de mujer” (1988)? Se trata de una estupenda comedia de la que se pueden extraer varias lecturas en torno a la “guerra de sexos”, como la que propongo en esta ocasión.

Conjunto muy sexy de Promise, ideal para que nos lo regalen

Conjunto muy sexy de Promise, ideal para que nos lo regalen

Hay una escena en esta película en la que la protagonista, Melanie Grifith, en el papel de una secretaria que lucha por ascender profesionalmente, entre el escepticismo machista de sus compañeros y la abierta hostilidad de su propia jefa (Sigourney Weaver), se prueba el regalo de cumpleaños de su novio (Alec Baldwin): un estupendo y sexy conjunto de ropa interior. Ella, tras lucirlo en el dormitorio, le dice, más o menos: “¿Sabes?, a veces me gustaría que me regalases alguna cosa que pudiera llevar fuera de esta habitación”.

Sin proponérselo -realmente no creo que el guionista fuera consciente de ello-, con este pequeño reproche, el personaje destapa la falsedad e injusticia de una acusación que las mujeres suelen hacer a los hombres, como una letanía cuyas razones se pierden en el oscuro abismo de los lugares comunes: nuestra supuesta falta de romanticismo y de atención a esos detalles que representan, según ustedes, pruebas del amor que les profesamos.

Sin ir más lejos, hace unos días leí, en un suplemento de tendencias de un periódico de máxima difusión nacional, que para las mujeres, una de las ventajas de mantener una relación con chicos más jóvenes es que éstos, al menos, son más atentos y románticos que los hombres maduros. Una chorrada que sólo se justifica por la vacuidad de este tipo de publicaciones y por el vértigo ante la página en blanco que atenaza a cualquier articulista sometido a la dictadura de la colaboración diaria/semanal y del que yo también puedo ser víctima, si lo desean.

Si de verdad ustedes valoran tanto los gestos románticos de los hombres, ¿cómo se explica que, según nos ha confesado un profesional del sector de la lencería, muchas mujeres devuelvan, furtivamente y no sin cierto complejo de culpa, primorosos y osados conjuntos de ropa interior que con tanto cariño -y, por qué no reconocerlo, también con todas las dudas del mundo (¿le gustará?)- les han regalado sus parejas, y prefieran cambiarlos por prendas más “prácticas” -pero también de estética más dudosa, por lo menos para la líbido masculina- con la peregrina excusa de que ellas “no se ven con esa ropa”? ¿Acaso no se dan cuenta de que con ese regalo, sus compañeros les están diciendo que ustedes todavía les resultan atractivas físicamente, y están convencidos de que esas prendas les sentarán de maravilla, realzarán sus atributos femeninos y contribuirán a cimentar aún más su relación sexual y de pareja? ¿Cómo son capaces de desechar de forma tan despiadada semejante declaración de arrebatado amor y, en cambio, enfurruñarse por no ser agasajadas con otros gestos, si no más futiles, si más convencionales, y por ello más fáciles, como recibir una flor o ser invitada a un restaurante coqueto?

Romanticismo de boquilla
Sí, señoras: déjenme que les diga que su romanticismo muchas veces es de boquilla. Abocadas a un acto de suprema exaltación del cuerpo femenino -algo que para los hombres resulta tremendamente excitante y, por ello, también romántico a nuestra manera-, les entra el pánico… ¿A qué? ¿A hacer el ridículo delante de sus parejas? Y entonces surge la vena prosaica que pretenden esconder bajo el manto de la sofisticación y la sensibilidad. De verdad, cuando se lo proponen, pueden resultar tan odiosamente “cutres” como nosotros.

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