Que el sexo se ha utilizado desde siempre como instrumento de dominación por los hombres y las mujeres no es nada nuevo. En los hombres, este fenómeno reviste una faceta más primitiva: la prostitución y la pornografía, con todos sus grados de aceptación y formas de manifestación (no es lo mismo el drama personal y social de la primera que la aparente inocuidad icónica de la segunda) no son más que una proyección del ancestral anhelo masculino por “someter” a la mujer de un modo primario a través de la fuerza física. Ha sido, precisamente, este carácter elemental y descarnado de la pulsión masculina lo que, a la postre, lo ha proyectado a la luz de la opinión pública y ha generado más o menos repulsa por parte de la sociedad.

Maison Close

Maison Close

La manipulación femenina a través del sexo jamás ha tenido ese viso de “brutalidad” que tanto rechazo concita en el caso de las manifestaciones de dominación masculina; pero presenta formas no menos odiosas, precisamente por sibilinas y arteras. El ejemplo más chabacano -el que refleja cada día la garrula constelación de la prensa rosa- es el de las mujeres que acuden como moscas a la llamada del dinero. Hay algo de profundamente indigno y grosero en esas féminas que disfrazan con supuestos ropajes de amor lo que no es más que una vulgar atracción por la cartera ajena; como lo hay de estúpido, obviamente, en todos esos personajes que se dejan embaucar.

Sin embargo, lo que me decidió a escribir este artículo fue el conocimiento, a través de dos hombres diferentes, de sendas historias de relaciones sentimentales, ya pasadas, con mujeres de circunstancias muy similares. En ambos casos, las antiguas parejas de mis interlocutores se negaron, durante todo el tiempo que duró la relación (que fue de algunos años) a realizar el coito vaginal, porque deseaban casarse vírgenes. Por el contrario, jamás tuvieron problemas en practicar el sexo oral o anal; es más, y sin entrar en detalles, parece que lo hacían a entera satisfacción de mis relatores.

Realmente hay que tener una idea perversa y malsana de las relaciones de pareja para llegar hasta ese extremo. ¿Cómo es posible compaginar esa retrógrada idea de la virginidad con la práctica desenfadada, y casi entusiasta, de la felación o de la sodomía, actos que, por otro lado, pueden llegar a repugnar a un gran número de mujeres? Aquí ni siquiera cabe recurrir a la excusa de los prejuicios religiosos o sociales: una mujer “casta” ni siquiera se hubiera planteado alternativas a la penetración vaginal para salvaguardar su virginidad.

El chantaje nuestro de cada día
Estos ejemplos que he expuesto revelan un aspecto extremo de la instrumentalización que del sexo hacen determinadas mujeres. Pero la realidad cotidiana está plagada de pequeñas muestras de esa viciosa tendencia femenina a considerar el sexo como moneda de cambio en las relaciones con nosotros. Como la sempiterna inclinación a colgarnos el sambenito de que sólo pensamos en follar (como si ellas no pudieran tener los mismos deseos, ¡ja!); o la patética amenaza de dejarnos a dos velas con motivo de una riña… Es como si el sexo fuese, para ellas, una especie de cuerpo ajeno a las relaciones sentimentales, un accesorio del que se puede disponer a voluntad y agitar como arma. Puede que nosotros seamos más bastos, seguramente, pero algunas de ustedes deberían hacérselo mirar por un psicólogo.

Quizás quieras ver:

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies
Share This