Fiel a su cita anual, llega el verano para someternos al implacable escrutinio de nuestros cuerpos. En la gran feria de las vanidades bajo el sol, los maduros y los débiles de carácter somos carne de cañón.

 

Brad Pitt en una escena de la película de los hermanos Coen, “Quemar antes de leer”

 

En mi gimnasio se nota desde hace semanas que el verano llamaba a las puertas. Para acudir a la clase de spinning matutino, en la que el resto del año solemos estar en familia, estos días tienes que aplicarte en ser puntual si no quieres ser relegado a las últimas las, cuando no quedarte sin bicicleta. Y en la piscina tienes que aumentar las piruetas para no dar ni recibir manotazos de los que comparten carril. Salvo algún joven despistado, la mayoría de usuarios a esa hora intempestiva de la mañana solemos ser gente talludita. Ojalá fuera tan fácil estrenar forma física como mudar de vestuario con el cambio de estación. A no ser que uno esté ungido por una genética envidiable, en la mayoría de casos este súbito empeño esta abocado al fracaso más estrepitoso. Los que hablan de la crisis de los 40 se refieren en realidad a un apuro existencial. La verdadera debacle llega a los 50, cuando ya está todo el pescado vendido en términos de plenitud física. A los 40 mi cuerpo todavía conservaba cierta reminiscencia de flexibilidad juvenil y era capaz de someter a mi rebelde tripa con un poco de disciplina. Diez años más tarde, ese mismo nivel de esfuerzo ya no basta para mantener a raya a ese inquilino molesto que se empeña en ocupar más espacio en mi cuerpo del que estoy dispuesto a concederle. No sé en el caso de las mujeres, pero en el de los hombres, la prueba del algodón llega cuando uno tiene que ladear la cabeza para mirarse la polla y los huevos desde arriba. Entonces es cuando pintan bastos. El verano tiene ese lado oscuro: la luz inclemente del sol cenital pone al descubierto las miserias de nuestras carnes medio marchitas y nos enfrenta al hiriente contrapunto de la lozanía juvenil, tan inconsciente de su mortalidad. En la época del hedonismo, de disfrutar de los placeres de la vida al aire libre, es cuando la tiranía de la belleza se vuelve más despiadada, y descubrimos desolados nuestra transparencia cuando nos cruzamos con algún mancebo o jovencita sobre los que posamos envidiosos nuestra furtiva mirada.

No sin mis cervezas

Sé que no es imposible mantenerse en forma a nuestra edad. El otro día coincidí en una reunión familiar con un primo al que hacía tiempo que no veía, solo un par de años menor que yo. Se había quitado doce kilos de encima y lucía un aspecto envidiable. Que hiciera ejercicio físico cada día y llevara una dieta más saludable entraba dentro de lo lógico, pero cuando añadió que prácticamente había renunciado al alcohol, es como si hubiera invocado al Maligno. ¡Por Dios, que no me quiten mis cervezas! No, el precio a pagar es demasiado alto. No estoy dispuesto a inmolarme en el altar de los abdominales firmes. Así que no queda más remedio que aprender a vivir estos meses con nuestras crecientes imperfecciones. Disimularlas con gusto con prendas favorecedoras, impedir que se desboquen con nuestra insuficiente rutina de ejercicios, aligerar el paso de la toalla al mar en la playa para exponernos solo el tiempo imprescindible… Y rogar porque los del otro sexo también sean conscientes de que, en esto de rodar cuesta abajo, todos vamos en el mismo carro. ¡Feliz verano!

 

 

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