¿Preferirían que su pareja reprimiera un impulso adúltero y le guardara una fidelidad insincera y llena de frustración, o aceptarían que echara una cana al aire si para ella no significara nada e, incluso, sirviera para revalorizar su relación y renovar su afecto por ustedes?

infiel

La filtración de datos de millones de usuarios de una conocida web para adúlteros provocó hace unos meses una multiplicidad de terremotos con epicentro en miles de hogares conyugales (y de paso volvió a poner en entredicho la privacidad de Internet). En algunos casos con consecuencias dramáticas, como es el suicidio de varias personas cuyas identidades quedaron al descubierto.

El suceso también ha servido para poner de manifiesto que nuestro país goza del privilegio -dudoso o no, eso lo dejo a su elección- de figurar entre los más adúlteros del mundo, con 800.000 usuarios; solo en Madrid, 135.000. Ole tú.

Pero lo que sobre todo ha destapado esta noticia es la ingente cantidad de personas que, de palabra, obra u omisión, han abrazado alguna vez la infidelidad. Lo que de nuevo nos lleva a revelar los costurones de las relaciones de pareja tal como nos las han inculcado a través de generaciones.

Permanecer junto a una persona a lo largo de muchos años se antoja una de las cosas más complicadas de la vida. Renovar constantemente los lazos de afecto físico y espiritual por esa persona requiere un esfuerzo para el que muchos de nosotros simplemente no estamos preparados. Y más si la condición implica una fidelidad perruna a prueba de flirteos y aventuras con otras personas. ¿Quién de ustedes no ha fantaseado alguna vez con echar una cana al aire con ese compañero de trabajo tan simpático y atractivo o con cualquier desconocido con el que se ha cruzado por la calle?

Reconozcámoslo: quizás el hombre no haya nacido para la monogamia o la monandria. Algunos estudios científicos sostienen que la ventana de fidelidad del ser humano llega hasta los cinco años. Si ello fuera cierto, imagínense la abrumadora cantidad de relaciones de pareja que en estos momentos cabecean por las procelosas aguas del hastío, del conformismo castrante o del engaño permanente.

Por eso, vale la pena cuestionarse si esos episodios esporádicos de infidelidad -no hablo de relaciones paralelas duraderas o del menudeo adúltero compulsivo, señal inequívoca de que la relación se ha ido al garete hace tiempo- que buscan la satisfacción de un impulso sexual innato en el ser humano, son un síntoma grave o por el contrario una simple válvula de escape que permite renovar el afecto por tu pareja y seguir apostando por una vida junto a ella. Porque, ¿de verdad creen más deshonesto e imperdonable que su pareja se la haya pegado alguna vez con una relación pasajera y sin consecuencias o que uno no deje de soñar con otra persona mientras mantiene a duras penas una fachada de lealtad?

Discretamente adúlteros

De dar crédito al lugar común, los hombres estaríamos mejor dotados para cultivar una relación duradera aderezada con el picante de alguna que otra aventura sexual extraconyugal, ya que disociaríamos con mayor facilidad el placer sexual del vínculo afectivo; pero estoy seguro de que ustedes pueden subirse a ese carro con facilidad -y me consta que algunas lo hacen con entusiasmo-. Eso sí, seamos liberales pero no imbéciles: mantengamos esos devaneos en el más estricto anonimato. Porque si yo me enterase de que mi pareja se beneficia de tanto en tanto a algún mancebo, no sé de qué sería capaz.

 

 

 

 

 

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