Por Mercè Quesada Amador, directora 

Vale, lo asumo: la Navidad es una invención. Lo del nacimiento del niño Jesús el 25 de diciembre es una pura convención. Estudios y bibliografía refrendan esta losa que he dejado caer. Pero yo he celebrado la Navidad de la misma manera que celebro los cumpleaños y la esta de Reyes Magos: como si no hubiera un mañana. Forma parte de mi imaginería particular, qué le voy a hacer. Y sí, lo confieso: me descubro mirando, alelada, las luces del pesebre con el resto de la iluminación del comedor apagada. Esas lucecitas de colores, que acercan mi nacimiento más a un antro de mala reputación que a un conglomerado mariano, ejercen sobre mí un poder extraño… Es lo que tienen las lucecitas… En fin, que sí, que lo sé, que vivo engañada en esta época, pero soy feliz. Y cuando pasa me queda una morriña de infancia perdida y de ecos de fiestas familiares. Porque a mí la familia me gusta. La querría ver siempre toda junta, como si de un pesebre también se tratara, y las ausencias las vivo con tristeza, aunque sin amargura… Así que cuando a partir del 8 de enero todo parece olvidado, a mí me cuesta un poco recuperar la compostura tras las estas. Pero la recupero, claro que sí. Y empiezo la conciencia del año nuevo con nuevos votos y reafirrmando otros.

Para este 2019 mis votos son sencillos. El primero: A donde me lleve la vida. Y ello no quiere decir vivir la vida loca, sino asumir el baile que me toca bailar y salir a la pista cual Ginger Rogers, a darlo todo. Como con las estas: Como si no hubiera un mañana… Y aunque hay días que me duelen los pies por los callos acumulados, no hay nada que un buen descanso limpie ni que una bonita sonrisa de mi hijo cure. El hombre propone y la vida dispone. Planifico, organizo, trabajo, y no siempre tengo el resultado que había previsto. Pero vuelvo a planificar, a organizar y a trabajar. No dejo de hacerlo. Y en ocasiones lo no planificado es lo que mejor sale. Así que por eso digo “a donde la vida me lleve”, porque es una forma de asumir el ahora, que es lo único que sé que tengo. Si en algún momento tenemos alguna oportunidad, es en el ahora. Lo demás es elucubrar y, la verdad, lucecitas, las justas.

Otro voto: mantener la calma ante el opuesto. Eso, fíjense, va a ser lo más difícil. Ahora ya apago la tele, la radio y leo lo justo sobre la actualidad política. No tengo fe en ella ni en quienes la representan, cada vez asumo más los ideales anárquicos. Ahí lo dejo. Pero prometo que voy a esforzarme por los opuestos de mi entorno más inmediato. Esos cuyas estulticias te hinchan la vena cava superior y te provocan la respuesta airada. Como dichas fruslerías son inherentes a sus personas, qué puedo hacer para frenarlas. Nada. Son suyas… Así que voy a asumir que yo también puedo provocar venas hinchadas y voy a conciliar, que, como decía Louise L. Hay, es “mantener la calma ante el opuesto y ver una oportunidad ante cada discrepancia”. De verdad que me va a costar. Lo sé, pero voy a trabajarlo. A ver hasta dónde llego. Porque lo de la vena hinchada al final sólo me perjudica a mí… Lo más bonito del proceso es la inmersión que provoca en una. Porque me enfrenta a las emociones y a descubrir su origen, y quizás también me muestre al otro, si lo quiero ver, que estoy en mi derecho a apartarlo si su oscuridad es recalcitrante. Que le ponga lucecitas otro, que yo ya tengo deberes…

Felices y luminosos días para vuestro 2019.

 

 

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