La Navidad siempre me ha gustado. A pesar del trabajo que pueda acarrear, de las prisas, de las presiones consumistas y a pesar de los pesares mayores, los de las ausencias. Sé que no a todo el mundo le gusta. Incluso sé que hay quien odia estas fiestas. Todos tienen sus motivos, está claro, y no sólo son respetables, sino razonables. Quizás la loca sea yo. Quizás la que necesite vivir año tras año una irrealidad sea yo… Muy posiblemente…

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Pero no puedo hacer más… A mediados de noviembre sufro una mutación y el espíritu de la Navidad más ñoño se apodera de mí. Y de repente cuelgo espumillones horteras por doquier, y pongo belenes y lucecitas en diferentes rincones, incluso con figuras decapitadas que deben tener tantos años como yo y que han sido orgullosamente heredadas… No importa que el rey Gaspar sea más pequeño que la oveja que va hacia el pesebre, ni que haya junto a él la figura de un conejo -¿quién pone conejos en los nacimientos?- que parece que vaya a comerse al niño Jesús… ¡Si la virginidad de la virgen tampoco no hay por donde cogerla…! No importa… Cada año muto. Invariablemente. Y lo curioso del tema es que he inoculado a mi descendencia tamaña ñoñería. A principios de curso, mi hijo, con motivo de nuestra visita a su clase, hizo un cartel para que viéramos dónde se sentaba habitualmente. Era un cartel precioso, con su nombre escrito en una incipiente caligrafía e ilustrado. Me llamó la atención que tenía un árbol de Navidad, una figura que entendí que era un hombre, y un niño pequeño. Con bolitas y abalorios. Muy bonito. Cuando me vio, me preguntó:
-¿Te ha gustado mi cartel, mamá?
-¡Pues claro, hijo, muy chulo! –le respondí-.
-¿Y no ves nada raro, mama? –me volvió a preguntar-.
-Bueno… ¡el árbol de Navidad! (en el exterior, estábamos a 26 grados y era a principios de octubre) ¿Cómo has hecho un cartel con motivos navideños en estas fechas?
-Me gusta.
-Perfecto.
-¿Pero no has notado nada más? ¿No has visto nada más?
-Bueno, un señor y un niño. ¿Erais papá y tú?
-No, mamá… Eran José María y el niño Jesús…
-¿José María? ¿Quién es José María?
-¡Sí, mamá! ¡El papá del niño Jesús! ¿No se llama José María?
Y hasta que no pude recuperarme de la risa no conseguí decirle:
-No, cariño. El padre de Jesús se llamaba José. María era la madre… acabas de convertir la Sagrada Familia en familia monoparental…
Genial. Y lo que nos reímos con esa anécdota. Bueno, con esa y otras muchas. Y me quedo con esa alegría, con esa inocencia, con esas ganas de descubrir. Y sí, quizás sí sea todo un poco irreal. Pero de la realidad también estoy algo exhausta…

Espero que te guste esta edición. Es especial y pretende servir de guía para estas fiestas: qué ponerse; cómo peinarse; cómo maquillarse; a qué lugares escaparse y a qué universos literarios recurrir; qué poner en la mesa; cómo decorar tu hogar, cómo abrigar tus sueños… ¡Y no te olvides de participar en nuestro concurso de selfies! Envíanos tu foto -puedes hacértela con la detallista que te ha ofrecido la revista- mostrando la imagen preferida del calendario que te obsequiamos junto a esta edición. Participarás, así, en el sorteo de varios premios para que entres en el 2016 compartiendo con nosotros esa alegría tan necesaria. ¡Felices fiestas!

 

 

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