Bien sabe Dios que lo he intentado.

Una y otra vez.

Ésta, también. Y la conclusión a la que llego es la misma: El circo de la moda y yo no estamos hechos el uno para el otro. Pero que quede claro: La moda, me encanta. Y lo quiero reivindicar porque parece que si no te gustan los desfiles es que no te atrae la moda. Y un pimiento. Me apasiona el producto. Me encanta conocer cómo ha surgido la idea creativa, qué tejidos se han utilizado, que valor diferencial aportan a la prenda final y cómo ésta ha sido confeccionada. Pero el lado social de la moda, pues qué quieres que te diga… Me aburre soberanamente.

 

 

No es la primera vez que lo digo. Pero resulta que como cierro esta edición tras haber visionado varios desfiles, me reitero en la idea. Cuando dices que vas a ver un desfile, o que vienes de verlo, muchas personas suspiran: “Oh, quién pudiera”, comentan. Pues te aseguro que los regalo. Y no por las colecciones que se muestran en la pasarela, que merecen el mayor de los respetos por toda la labor que hay detrás, sino por lo que rodea a ese escenario. Lo que yo llamo el circo de la moda. En su arena se reboza un público muy variopinto y curioso, compuesto, sobre todo, por algunos representantes de la prensa, el famoseo, “influencers” y agencias encargadas de promover el evento. Cuando acudo a un desfile voy prevenida, ya sé lo que voy a encontrar, pero siempre pienso que quizás sea yo la equivocada -que bien pudiera ser- y renuevo votos. Pero qué va… Vuelvo siempre a las mías: El circo de la moda y yo poco tenemos en común.

Me revuelve el estómago… No todo, pero sí muchas cosas.

Alguna: Llegas al evento media hora antes para tener un buen sitio. Tonta. ¿Para qué? Te va a tocar esperar hasta casi una hora pasado el horario previsto a que comience el desfile. Si no eres “beautiful people”, es decir persona acólita, no tienes el famoso “sitting”. Vamos, que no tienes silla asignada, con lo cual, te pasan a segunda, tercera o vete tú a saber qué fila. No pasa nada, si no veo, me levanto. Pero si los acólitos no se presentan, pues entonces la agencia que se ocupa de la prensa te viene con una sonrisa y te pide que ocupes los primeros puestos. No lo hace por deferencia. Lo hace porque queda fatal que las cámaras capten espacios vacíos. Verdad de la buena, que a mí me lo han confesado.

Los contactos siempre han servido. Y quien los tenga, pues que los haga valer, nada que objetar, pero hay actitudes que muestran cierto amor a las oligarquías que me parece muy caduco, porque resulta que hoy te venero, porque estás en un medio de comunicación que me interesa, pero mañana, ese medio ha cerrado o bien la redactora o redactor que lo representaba está en la cola del paro, y claro, allí no te dan “front row” (primera fila), te lo aseguro. Esa superficialidad me incordia. En esos momentos me da por pensar en la gente que arriesga la vida salvando otras que se tiran al mar por alcanzar tierras que consideran menos estériles que las suyas, o en los bomberos que apagan la tierra ardiendo… Y aunque no tenga que ver una cosa con la otra, para nada, es entonces cuando siempre me encuentro en la misma casi-la de salida: “¿Qué hago yo aquí?”. Los desfiles los puedo ver por internet, desde mi lugar de trabajo, donde tonterías, las justas. Me ahorraría a muchos de esos que te miran por encima del hombro porque no eres de su grupo, o porque no vas vestida como ellos consideran “cool”, que luego resulta que no saben hacer ni un pespunte, que no tienen ni idea de procesos productivos y no distinguen entre tejidos y técnicas, pero que se creen muy chiripitifláuticos… Procuro, entonces también, aislarme de tanto ruido y, desde mi burbuja, observar la colección, ese esfuerzo de creatividad puesto en escena por una representación en la que entran modelos, peluquería, maquillaje, técnicos de sonido… Y bueno, con eso basta, aunque eche espuma por la boca ante el circo que presencio.

Se me nota, y lo sé, cierta amargura, pero es que ya peino canas… Ojo, pero de la misma manera que me que-jo, también aviso: volveré a caer, y es que esta hartura, no tiene cura. Purita contradicción y la conciencia, que siempre golpea y me dice: “Venga, que una vez te sorprenderán y lo harán abierto por completo a la ciudad, como un acto cultu-ral, sin “sittings” que valgan ni oligarquías caducas…”. Será que me hago mayor…  Gracias por estar con nosotros. Puedes seguirnos a través de Instagram, Facebook, Twitter y leer la versión papel de la revista aquí.

 

 

Por Mercè Quesada Amador, directora de Introversion

 

 

 

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