Hace poco tuve ocasión de asistir a un encuentro de antiguas alumnas. Ese encuentro fue toda una experiencia. Me encantó. Hace años no me hubiera encantado. Pero ahora sí. ¿Moraleja? Soy diferente en mí misma. Y eso me da muchas esperanzas. Porque esa evolución que yo sentí era la prueba fehaciente de que si tienes una piedra en el zapato, al final, de tanto pisarla o de tanto moverla, la acabas expulsando… Y todo pasa, y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar… Qué grande, Machado… Así es… Me explico: Cuando yo era pequeña crecí acomplejada por mi físico, de grandes dimensiones, por decirlo con eufemismos. Además, era más bruta que un arado, nada princesa, vaya, y en el colegio lo pasé mal. Había niñas brillantes, otras líderes, y yo era de ese montón amorfo con el que fácilmente puede caerse en la broma fácil. Así que mi etapa de Educación General Básica fue más bien gris. Luego pasé a estudios superiores y fui ganando en seguridad. Seguía siendo caballote y seguía perteneciendo a ese montón medio invisible. Pero ya no me importaba tanto. Mi entorno familiar y otros círculos a los que me iba abriendo me oxigenaban continuamente y me quitaban tonterías de la cabeza y me situaban en epicentros muy diferentes. Sin embargo, con el paso de los años, si en alguna ocasión me enteraba de que había algún encuentro de antiguas alumnas, huía como de la peste. No tenía buenos recuerdos. Pero, mira tú por dónde, la cosa ha ido cambiando. En mi camino vital he tenido la oportunidad de formarme en materias varias que me han aportado recursos propios y de encontrarme con personas de las que he aprendido que la lectura está en tu mirada, y que ésta hay que modificarla en muchas ocasiones o despojarla de prejuicios. Ambas cosas, la formación y la interacción, han pasado un filtro: el de la voluntad por aprender y el de la resiliencia. Y a mi edad, creo que puedo decir sin vanagloriarme, que tengo algo de ambas cosas. Así que mi mirada sobre el encuentro de antiguas alumnas cambió y supe que ya no era aquella persona, o sí que lo era, pero que le había puesto otras gafas a través de las cuales no veía enojos antiguos y pueriles. Y me lo pasé bomba. Me reí y me quedaron muchas ganas de repetir. De vuelta a casa iba yo analizando lo que había pasado y cómo había variado mi perspectiva y mi ubicación en ese cuadro escénico cuando percibí claramente que era trasladable a cualquier escollo. Que lo del tiempo es real, que lo de la distancia espacio/tiempo funciona si quieres que funcione y que las aguas siempre recuperan su estado cristalino tras haberlas removido. El barro vuelve a descender hacia el lecho del río porque pesa demasiado. Y el agua, de nuevo, refleja el cielo y paisajes maravillosos, que es hacia donde siempre deberíamos mirar. Gracias a mis yo por darme tanto, y a todas esas personas que, a mi alrededor, aseguran un mundo siempre mejor.

 

 

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