Dicen que para volar más alto hay que dejar ir peso. En ocasiones no se trata tanto de llegar más arriba, sino de variar de rumbo, o incluso de mantenerte. Las cosas llegan cuando deben llegar. Ni antes, ni después. Aunque parezcan sobrevenidas, se presentan en el momento justo. No hay más presente que éste. Nada podría substituir lo que estás viviendo. Así que, en ocasiones, te despiertas y te dices: “Ya no voy a hacer esto más”. Y parecerá a quien no te escuche, a quien no te mire, que eres una veleta, que cómo has podido, de la noche a la mañana, mudar de opinión o de gusto, o de trabajo, o de lo que sea que decidas cambiar. Nunca es así, de golpe. Nunca. Incluso quien suele dar bandazos por la vida los empieza a gestar antes de darlos. Hay quien corre como pollo sin cabeza y lo hace toda la vida, pero incluso esas personas tienen su recámara, una especie de armario donde se van colocando las experiencias; las gratas, las ingratas. Es un armario que tiene estantes. Son varios armarios, tantos como decisiones. En un estante colocas lo bueno, en otro lo malo. Hay armarios que no pueden ni cerrarse. Y hay estantes que se han roto de tanto que pesan. Pues nada, se vacían, porque si no, cómo airearse… Se llenarían de carcoma. Hay armarios que sabes que se van a cerrar y que no van a volverse a abrir nunca más, y eso puede entristecer, sobre todo si los estantes de lo bueno han ganado terreno. En ocasiones te acercas a sus puertas y aspiras. Y notas ese aroma que sólo tú recuerdas, porque en realidad los aromas son neutros. Las cargas emocionales las pones tú. Yo tengo armarios que huelen a la ropa de algodón limpia y planchada de mi madre. Nada como ese aroma. De pequeña entraba en su habitación sólo para abrir el armario donde guardaba los cambios de cama y los olía… Y alcanzo ese estante en muchas ocasiones. Pero, mira tú, hay madera de otros armarios que debería arder en las hogueras de las verbenas. Esas por las que estamos pasando cuando estés leyendo esta revista y que en su origen servían de aquelarre. El aire caliente de esas llamas debería, siempre, ayudar a remontar, como si sirvieran para hinchar la tela de un globo. Y de ahí vuelvo al inicio… Para volar hay que deshacerse de un peso que ahora ata. Y si no, que se lo digan a nuestra heroína. Ella, Rosanna, no oye absolutamente nada, y, sin embargo, guiada por su compañero, compite, y gana, en certámenes de baile profesional. Decidió volar. Se arriesgó.

Quién sabe a dónde me llevarán mis vuelos. Pero a falta de alas, tengo aire caliente de hogueras guardado en los pulmones. Dejando ir, voy. Y volando voy, volando vengo. Feliz lectura. Feliz verano.

 

 

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